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Entrabamos en un nuevo siglo que traía problemas y conflictos del anterior importantes, por la insuficiente organización de un Estado no desarrollado completamente, por los fuertes cambios acaecidos, también había dificultades en la representación política, ante el peso de instituciones como el Ejército y la Iglesia, que ejercían un fuerte contrapeso. Esto, dejaba atascadas las vías legales para la acogida y resolución de las demandas políticas de las clases populares muy en precario y altamente disgustas; con las necesidades más urgentes por la escasez, o carencia, asediando al jornalero rural que le arrojaban a una búsqueda desesperada dentro de sus circunstancias, en manos de sus patronos como la única salida. Así se entraba en el siglo XX, con estos españoles rurales viviendo en una exclusión impuesta por sus condiciones, sociales, culturales de un país que se desgarraba, en un abandono completo. No eran tenidos en cuenta por el Gobierno, que tampoco le interesaban, así que se vieron abandonados a un silencio sumiso persistente, por el miedo a la exclusión. Su lucha para la supervivencia era el trabajo, que les permitiera tener dignidad y una vida decorosa, difícil de encontrar. La mayoría de nuestros paisanos becillanos permanecían al margen del sistema político, sus beneficios o arbitrariedades, porque no les alcanzaba culturalmente y por la falta de competencia del Estado en los problemas inmediatos representados en unas retribuciones laborales justas.

Para conocer el entresijo de este mundo rural, hemos de aproximarnos a su vida cotidiana, conocer las condiciones de vida del campesinado, los problemas a los que se enfrentan en su día a día, las relaciones de proximidad que mantenían con sus convecinos, el nivel cultural, los aspectos sociopolíticos, religiosos y ver sus necesidades cotidianas.
Había un ambiente de mucha conformidad y aceptación de la adversidad, con una disposición de respeto entre el paisanaje según el origen ascendiente, que formaba parte de una estrategia que tenía un objetivo básico: el desarrollo familiar, el acceso a los recursos de la tierra y a la participación en las actividades de la comunidad rural. Los vecinos del pueblo, conscientes de lo que no podían esperar de una política oficial, percibida como lejana y extraña a ellos, siempre obtenían los medios, aunque escasos, mediante lo que tenían a su alcance. Mantenían unas relaciones arraigadas en el ámbito de la tradición, en una cultura escasamente desarrollada y clara, por lo que se imponía el “clientelismo”. A cambio de fidelidad, se esperaba del patrón unos beneficios relacionados con la tenencia de alguna tierra, el precio moderado de los arrendamientos y el préstamo de algo de capital, si era necesario, el empleo estacional o, favores; todo eso tenía un precio incuestionable. Los que estaban fuera de la protección del patrono tenían poco futuro y escogían otras vías disimuladas o furtivas.
La memoria es una herramienta que nos permite traer las vicisitudes de aquella gente para ennoblecerlas y aclarar la mirada desvanecida, la humanidad de aquellos que nos precedieron, nuestros antecesores, con pocas posibilidades de prosperar si la herencia o la posesión no eran favorables con ellos. Ellos, también, se plantearon como vivir, que hacer y en sus limitaciones se decidieron por una actuación para mejorar, cada grupo familiar, con los propios de su condición, en sentido desigual nunca funcionaba. La realidad es que cada persona se procuraba relacionar con los su pelaje y posición.
Recordamos los tiempos pasados, los contextualizamos y los acondicionamos. Tratamos de ajustar a un interés e impulso para mostrar una situación posible o, probable. Hay que reunir cierto grado de valentía, una compensada imaginación y un criterio moderado para buscar cierta neutralidad en la información encontrada y la aportada por los protagonistas.
Lo que aquellas personas vivieron fue extraordinario. Tras dos guerras coloniales crueles y trágicas, ambas perdidas de forma sangrienta con una derrota degradante,  tras ellas vino un desbarajuste muy grande. Desaparecieron aquellas personas, con ellas se fue el tiempo que les tocaría vivir, un escenario coyuntural propio, con sus prejuicios, sus ideales, sus convicciones  y prácticas de proceder. Algunos se decidieron a cruzar el Atlántico para ganar en las antiguas colonias el pan que les faltaba en su terruño de origen. España era un país de emigrantes, por unos motivos u otros. Los perseguidos y excluidos, los que contemplaban otras posibilidades mejores miraban a las antiguas colonias, a otros que les habían precedido y si tenían noticias más o menos moderadas, con algunos ahorros, se decidían a probar.
Deslizándose en los precedentes de los años anteriores del siglo XX, había habido guerras coloniales, motines, tiempos convulsos que trasferían escasos ánimos y consuelos, había poco que argumentar tras varios desastres y gobiernos fallidos. Existía, una envoltura muy gruesa de decepción que lo complicaba casi todo. En los momentos familiares de recordación se mencionaba a un tío, al revés que sus hermanos, exigió a mi bisabuela, Lucia, la cuota que había que pagar para no ir a la mili, entonces existían los soldados de cuota, los ricos se libraban mediante esa cuota, la prefería e ir al ejército, lo que se suponía prácticamente ir a la guerra, con el consiguiente disgusto familiar. Fue a Marruecos y en el Valle del Rif, allí cayó Julián Triana, de forma dramática y lo más que decían, era: nunca más supimos de él. Así supe que tuvimos un conflicto en esas épocas y acabaría en una guerra cruel, no conocí mucho más, solo que todo lo que aconteció en esos años, nos llevó a lo que se llamó el “Desastre del Annual” por el campamento donde se produjo y morirían sangrientamente millares de soldados españoles en plena desbandada por los montes que desconocían hasta cierto punto, y esto marcaría el periodo más agudo de la decadencia española. Explorando seguí algunas huellas para explicarme lo que sucedió. Algunos de nuestros soldados mostraban las cabezas, como trofeo, exhibiéndolas agarrando con sus manos los pelos melenudos de los bereberes, luego también sucedería a la inversa y marcaría todo mi escrúpulo a esas crueldades. Cuando les trataban como salvajes y esas depravadas prácticas, igualmente se las devolverían a los nuestros con todo ese horror que suponía. Tampoco gustaba hablar mucho ello; frecuentemente, había excesiva miseria interior para tener ganas de sacudir todos esos jirones. Anteriormente había habido otro desastre monumental el desastre del “98” que nos haría perder en una guerra desigual con los EE. UU. de América las colonias de Cuba, Puerto Rico y Las Islas Filipinas.
A principios de este siglo los conflictos llegan al medio rural como una prolongación de lo que ocurre en las ciudades, que venía reflejado en los periódicos provinciales El Norte de Castilla y El Diario Regional.

A lo largo de mi juventud me fue llegando alguna información de épocas pasadas, exiguas, en una gota a gota y poco concreta. Supongo que lo que considerarían necesario para entender el presente que se vivía y vivió, tras una guerra civil. A nuestros mayores les importaba poco la aclaración sobre nuestros orígenes, eran ajenos a la transmisión de antecedentes, bastaba con lo propio de la Escuela. Manifestaban algunos acontecimientos, poco explicados, quizá por el propio obscurantismo de los acontecimientos o porque no se sentían orgullosos de ellos, se simplificaba todo, con cierta reacción malhumorada. Puede, que hasta maldijeran su desventurada existencia.
En el territorio que ocupa Becilla de Valderaduey, como en toda la Tierra de Campos, hay una similitud de rasgos fisiográficos, una gran llanura de tierra uniforme caracterizada por labrantías con algunos tesos con poco desnivel en su elevación. Otra característica importante de la geografía becillana y terracampina es un río de caudal poco permanente, en el que confluyen otros menores casi arroyos y regueras con un curso de agua muy irregular, que incluso llegaba a ser nulo en los estíos secos, recogen el agua de torrentera de los campos y fuentes; en los años lluviosos se desbordaba anegando campos y huertas. La vegetación, presenta escasez de población arbórea, limitándose a la persistencia de choperas en las riberas del rio, la orilla de la carretera y huertas. Por lo que respecta a la vegetación, la comarca presenta una gran escasez de población arbórea, limitándose ésta a la persistencia de choperas en las riberas del río y a la existencia de algunos enclaves aislados, lugares excepcionales, como la “Huerta San Martin”, el “Majuelo Los Francos” o la “Fuente la Pita”. La ausencia de vegetación arbórea se debe, además del desfavorable clima, a las continuas roturaciones que a lo largo de los siglos se han ido realizando de los primitivos montes, las predominantes labores favorecidas, más que por la fertilidad de los suelos, era la facilidad de laboreo de la orografía comarcal y necesidad de tierra. También en lo sociológico los terracampinos son previsibles y muy dependientes, había una mayoría de jornaleros que no veían una salida fácil a su subsistencia y tampoco podía ser remediado. Era mayoritario el pequeño propietario, frecuentemente empobrecido, con muchas dificultades para sobrevivir, tenía que combinar el trabajo de sus propiedades con la explotación de tierras arrendadas a otros propietarios ajenos, e incluso, trabajar de jornaleros, si se le ofrecía la posibilidad. El número de jornaleros alcanzaba proporciones grandes, cercana a la mitad de la población, lo que hacía patente la brecha social. La situación de ambos grupos sociales era muy precaria, muestra de ello era la frugalidad de la dieta rural: basada en el Pan, sopa de pan con ajo aceite u ocasionalmente manteca de cerdo, pimentón y sal; algunas legumbres, algunas verduras y algo de tocino; vino si la cosecha era suficiente, y los domingos si era pequeña. Los medianamente acomodados añaden a lo dicho algo más gasto del aceite, garbanzos de su cosecha, carne, el socorrido y agradecido cocido, huevos. Los días más festivos el pollo o algo de pescado, o pichones de palomar. En ciertas circunstancias padecía más agobios económicos un pequeño propietario o, un arrendatario becillano, que un pobre de solemnidad, excluyendo a algunos que por no encontrar un jornal se veían abocados a la mendicidad humillante, llamando a la puerta pedían un trozo de pan, aunque fuera duro. La picardía y el ratero se adecuaban en el uso furtivo tanto en la caza a campo abierto, en el corral ajeno, los palomares, apriscos o las paneras; si la ocasión se brindaba o, la necesidad acuciaba hasta el límite. Lo normal era que la miseria arrastrase a todos en un grado proporcionado.
El sistema de cultivo predominante en la comarca, de Tierra de Campos, era la explotación alternativa anual en suertes, una de siembra y la otra de barbecho. Esta peculiaridad económica tiene sus raíces en el pasado tradicional, con un modelo de crecimiento agrario basado en la complementariedad económica de la ganadería ovina y algo de vacuno, los campesinos becillanos no fueron muy proclives al viñedo, aunque había pequeños majuelos dedicados al autoconsumo familiar. Además del cultivo del trigo y del viñedo, se reservaban algunas tierras para sembrar cebada, avena y leguminosas como yeros, titos, con el objeto de proveerse de pienso para el ganado, y otras leguminosas, como garbanzos, lentejas, también dedicados al autoconsumo anual. La vida laboral de las comunidades rurales terracampinas estaba estructurada en torno al ciclo vegetativo del trigo. El año quedaba dividido en cuatro épocas atendiendo a las labores que se desarrollaban en sus tierras: La sementera que se realizaba durante el mes de octubre y primera mitad de noviembre. Tras la siembra se abría un largo período de paro estacional en el que los fríos y heladas del invierno hacían difícil cualquier labor en el campo. Hasta febrero no se comenzaba de nuevo a realizar labores en el campo.
En febrero, si el tiempo lo permitía se abría la época de barbechera, en la que los labradores ejecutaban labores de arada para atemperar el barbecho y, entrada la primavera, se limpiaban los cultivos de cardos y malas hierbas, escardar. Esta labor conocida como «escardar», se hacía a mano en cuadrillas con una herramienta, la azada u otra más pequeña, zoleta o azadilla. En el invierno y comienzo de la primavera también era la época de realizar algunos cuidados que se daban a las viñas, la labor de poda y recogida de los sarmientos en manojos. Desde  la preparación de los barbechos hasta que se recolectaba la senara se dejaban muchos sudores en los campos.
Con la llegada de junio se comenzaba a preparar la recolección, primero la de las leguminosas, y posteriormente la de los cereales, la cual daba comienzo oficialmente con la contratación de “agosteros” por San Juan. Esta labor comprendía cuatro faenas: segar, acarrear, trillar, limpiar o, beldar. Duraba, según como venia el año, dependiendo de la magnanimidad de la cosecha, hasta finales de agosto o mediados de septiembre. Era la época del año donde hacía falta más mano de obra, en la que se pagaban mejores jornales.
En esta estación los jóvenes o, mozos, empezaban a mostrar claramente dentro de la comunidad rural, las primeras muestras de que el niño ya se estaba convirtiéndose en hombre se daba en torno a los 13-14 años. Se mostraba en pequeños aspectos de la vida cotidiana como la indumentaria, se comenzaba a vestir al chiquillo como a un hombrecito en fiestas, o el trabajo, dedicándose a tiempo completo a las labores agrícolas. Así, en la recolección, dejaban de realizar las labores de un joven que ayudaba a recoger gavillas, arrastrar las sendas y, sobre todo, mantener la bebida fresca, llevar la comida a los segadores o buscaba la sombra para comer y echar una cabezada de siesta. Comenzaban a ejecutar tareas propias de adultos como segar, acarrear, trillar, aparvar y beldar. Todas estas manifestaciones se complementaban con los cambios orgánicos propios de la edad, aparecía la barba y el cambio de voz. A estos síntomas cotidianos se añadía una nueva división para la juventud cuando el Estado implantó el servicio militar obligatorio, la llamada a quintas era la prueba definitiva de mozalbete. Este hecho permitió fortalecer en los jóvenes el sentimiento de pertenecer a un grupo en el que todos tenían la misma edad y una identidad comunitaria de adulto.
A través de este particular trato, los mozos accedían a un espacio de osadía y patente para tantear las normas imperantes. Empezaba el culto a las  prácticas e iniciativas que  constituían en una forma de reivindicación personal y  posicionamiento colectivo como acceso a la edad adulta, donde se establecía un acatamiento de algunos códigos y su violación, aceptada de ellos mismos. Los mozos debían de mostrar constantemente evidencias de su valor ante la opinión pública rural para así justificar que serían dignos miembros de pleno derecho de la comunidad que integraban y forjarse una reputación. Esto se reflejaba en multitud de actos públicos. Por ejemplo, no era raro ver cómo se juzgabala capacidad física de los jóvenes terracampinos en los partidos de pelota celebrados en los frontones de los pueblos, juego que fue el deporte más popular de la comarca durante la época a la que nos referimos. También se juzgaba la desenvoltura de los mozos en los rituales relacionados con la violencia ejercida contra los animales, como las carreras de gallos, en las cuales los mozos a galope, sobre un animal, intentaban decapitar un gallo colgado de una cuerda; en las capeas y corridas de toros rurales: hay que haber visto un pueblo entero, borracho y enloquecido de crueldad, acosando a un pobre animal indefenso; hiriéndole con rejones, golpeándole con varas y atormentándole de mil maneras hasta que se le retira al corral hecho una excrecencia carnosa o hasta el último aliento; a la vista de un millar de espectadores que presenciaban su muerte con el alborozo de brutales salvajes. En las fiestas patronales, de este modo de celebración se podían originar importantes conflictos por el exceso de limonada o, vino, y alarde jovial sobrado. Era muy constante el tanteo de la capacidad al que estaban expuestos los mozos de las sociedades rurales y no sólo se manifestaba a través de juegos ritualizados como los reseñados, sino que también se ejecutaban mediante una violencia física ejercida contra las personas que, no pocas veces, terminaba con sangrientas consecuencias, como ocurría en las fiestas por disputarse lances de coqueteos insolentes. En un segundo punto estaba la violencia juvenil ejercida de forma individual, donde los mozos defendían a la familia, su propio honor y respetabilidad. Para terminar quiero referirme a la presencia de las armas, armas blancas, como navajas, machetes u hocinos; y las de fuego, escopetas y pistolas; entre los utensilios culturales de los jóvenes de la comarca, lo cual es un buen método para percibir la importancia que alcanzaban en las relaciones sociales de aquellos individuos, tanto la violencia como el estar bien provisto para ejercerla y asuntos hubo en que así fueron resueltos. Que no quiero mencionar por  mesura. Pero la expresión de violencia juvenil mayor y que más éxito ha tenido en el estudio crítico ha sido las riñas entre grupos de mozos de pueblos vecinos,  por eso de la afirmación de localidad; una mejor expresión de la masculinidad de los propios mozos manifestada a través del ejercicio de la violencia con otros de pueblos cercanos enfrentamientos entre grupos de mozos originarios de pueblos vecinos. Las trifulcas de este tipo eran principalmente originadas por locales que imponían sus costumbres y normas a jóvenes visitantes, los cuales eran considerados rivalesal ocupar éstos su espacio y un protagonismo que los primeros creían que les pertenecía en exclusiva, sobre todo a la hora de concurrir a los bailes, espacio privilegiado del cortejo para los mocetones con las mozas locales. También era habitual que los mozos de un pueblo se dividieran en bandos entre los que se producían continuos altercados y disputa de hegemonía. Otro origen de estos alborotos era, el control de los bailes, dos bandos contrarios de mozos del pueblo discutían sobre el sitio donde el baile habría de tener lugar, y se originaba una tumultuaria gresca en la que ambos grupos se enfrentaban a palos y alguno acabaría en el alberque. Pero los rituales que más importantes consecuencias traían para los jóvenes de la sociedad rural eran los festejos de quintos, y el levantamiento del Mayo. Esta celebración consistía en que los quintos empinanen la plaza junto a la Iglesia un chopo desmochado y limpiado, el cual se adornaba y engalanaban para sortear al final el mes homónimo con el objeto de obtener dinero para sus fiestas. Este árbol se erigía en símbolo de virilidad de los mozos nacidos en un mismo año y, por lo tanto, era fuente de conflictos cuando eran heridos. Los grupos de mozos recorrían las calles de la población por la noche bebiendo y cantando, voceando y alborotando. Los frenesíes de estos rituales era causa de continuas altercaciones donde se determinaba el control de la calle para realizar este privilegiode ser mozos.  La situación iba degenerando y se hacían dueños de la noche ejecutando gamberradas en beneficio de la celebración, en que producían algunos hurtos. Las cencerradas también se podían realizar por otra serie de intransigencias costumbristas. Los encargados de manifestar estos excesos eran esencialmente los jóvenes, con el beneplácito de los adultos, mediante la organización de procesiones grotescas de las cuales hay alguna pintoresca y llena de imaginación pero muy pesada para los desdichados conyugues. Se reunían hombres y mujeres provistos de latas, cencerros, esquilas, pucheros en donde ponen un poco de lumbre y atado con cuerdas trataban de hacer como incensario queman materias mal olientes como excrementos de perro o despojos. A veces con una tela de saco se hacía con cuatro palos una especie de palio y al salir de la iglesia obligan a los novios, si querían o a la fuerza” a ponerse debajo y con un regimiento detrás les llevan con grande estrépito y rituales extravagantes.
Volviendo a la parte económica y laboral, la fragilidad de la economía y la carga de frustración por los desastres coloniales, hay una referencia que refleja un descontento creciente y constantes amenazas entre la población. El alcance del socialismo en la comarca fueron los éxitos electorales de sus candidatos. En este sentido, en las elecciones municipales de 1903, según El Socialista, el PSOE obtuvo concejales en Urones de Castroponce, La Unión de Campos, Becilla de Valderaduey y Mayorga (Valladolid), Villalpando y Villanueva del Campo (Zamora) y Villarmentero de Campos (Palencia). Por su parte, El Norte de Castilla señala que los socialistas también obtuvieron concejales en otras. La crisis socioeconómica de este periodo en que las condiciones de vida rozaban con la misma miseria. “El Socialista” dio la noticia: En Becilla de Valderaduey, Urones de Castroponce, Santervás deCampos y Villalón de Campos, los obreros pararon durante siete días reclamando un aumento de jornal de 2 pesetas en abril y marzo, y 2’50 pesetas en mayo y junio. Los jornales medios de la época rara vez llegaban a las 2 pesetas, una cantidad muy inferior, sin duda, en el caso de las mujeres y algo mayor en el mundo de los obreros cualificados. La pobreza era un problema extenso y permanente que amenazaba a tres cuartas partes de la población terracampina. No era de extrañar que las clases populares percibieran con temor y hostilidad la variación de unos céntimos en el precio del pan, el anuncio de un recargo del odiado impuesto de consumos, la amenaza de desaparición de un recurso comunal o la llegada del sorteo de quintas que se llevaba los brazos de los hijos pobres que no tenían dinero para pagar la redención en metálico. La prensa provincial informa del paro llevado a cabo en Villabrágima entre el 21 y el 23 de marzo, donde los mismos patronos han reconocido la discreción y prudencia con que han obrado los trabajadores. En ninguno de estos conflictos laborales se tiene noticia de amotinamientos, ni disturbios. En abril y mayo siguieron promoviéndose huelgas en diversas localidades terracampinas como Becilla de Valderaduey, donde los obreros que construían la carretera a Villavicencio reclamaron un aumento de 25 céntimos; Sahagún de Campos (León); Melgar de Arriba (Valladolid), por el despido de varios obreros; y Ceinos de Campos (Valladolid), donde los huelguistas reclamaron un real más en su salario. Tuvo eco en las sociedades obreras de Tierra de Campos vallisoletana, las cuales celebraron su propio Congreso en Becilla de Valderaduey el 5 de junio. Los acuerdos tomados en dichas reuniones tuvieron como base la futura negociación de los jornales a percibir durante las labores de recolección, tanto el aspecto monetario como el de la manutención. En definitiva, salvo algunos hechos aislados durante la primavera de 1904 la conflictividad de la comarca se torna pacífica y, lo que fue más importante, de cara a los previsibles conflictos entre patronos y obreros agrícolas del comienzo de la siega, los obreros terracampinos desarrollaron una labor reivindicativa organizada, la cual era totalmente novedosa, sobre todo si la comparamos con las manifestaciones conflictivas de principio de año. El modo que prevalecía por arbitrario, podía ser resumido en una famosa sentencia: al amigo el favor, al enemigo la ley. Otro de los caballos de batalla de las agitaciones de 1904 fue la oposición a la utilización de máquinas segadoras en las labores de recolección, aspecto que también vimos en el Congreso de obreros agrícolas celebrado en Becilla de Valderaduey. En La Unión de Campos los obreros se opusieron a la introducción de máquinas agrícolas y a que presten servicio obreros forasteros; en Villalpando, llegaron noticias de que se hallaban “en actitud hostil, 80 obreros socialistas dispuestos a impedir que en las faenas agrícolas se emplee ninguna clase de maquinaria; y en Villalón de Campos, las máquinas segadoras pudieron comenzar a trabajar pero acompañadas por fuerza del cuerpo de la guardia civil. La acción más violenta contra la utilización de maquinaria agrícola tuvo lugar en Cisneros donde, según los telegramas oficiales: …ha sido quemado un pajar en dicho pueblo, habiendo quedado destruido el pajar y existencias, temiendo se trate de una venganza de los obreros, por ser el dueño el único que usa segadora mecánica. Tras los conflictos de julio, la tranquilidad volvió a las relaciones laborales de la Tierra de Campos, completándose las labores de la recolección sin ningún tipo de conflicto. Hasta que no se finalizaron estas tareas, no se retomó la acción huelguística en la comarca, aunque ni mucho menos tuvo un carácter generalizado.
Por lo que respecta a la ganadería como explotación, la predominante era la ovina, absolutamente mayoritaria en toda la comarca terracampina, como ocurría con el resto de la Meseta castellana, donde radicaba la práctica totalidad de la cabaña lanar española. La raza de oveja explotada era una mezcla la churra y la castellana con objeto de mejorar una la producción de carne, además de la carne la oveja tenía otros dos aprovechamientos, la lana y leche. Principal importancia alcanzó en nuestra comarca la utilización de leche para la fabricación de quesos, producto que tuvo buena fama en los mercados semanales: el denominado queso de Villalón, “pata de mulo” conocido así y exclusivo de esta localidad vallisoletana y nuestro pueblo, perteneciente a su influencia como Cabeza de Partido Municipal, su producción se extendía al conjunto de la comarca, por radicar en dicha villa el mercado más influyente de este producto. La explotación ovina se basó en un pastoreo de rebaños compuestos de cien a doscientas cabezas, que aprovechaban los rastrojos y las plantas silvestres del campo, los escasos prados, “eras” y terrenos incultos.
En el pueblo se desarrollaba y criaba otros tipos de animales domésticos dedicados al autoconsumo. El cerdo era la base cárnica de la dieta campesina, siempre y cuando la economía familiar gozara de poder económico para su sostén acostumbrado. Se compraba un lechón en el mercado comarcal y se cebaba a base de subproductos de la explotación agrícola, como salvado, restos de laboreo o, sobras del hogar doméstico. Su cría se cumplía en una pocilga situada en el corral de la casa, con el objeto de realizar un día de invierno la tradicional matanza. Junto al cerdo se criaban pequeños animales de corral como gallinas, patos y conejos, en los palomares los pichones, los cuales eran económicamente más accesibles. Éstos animales eran normalmente alimentados a base de cereales y subproductos agrarios.
Por lo que se refiere al sector secundario, en Becilla de Valderaduey destacaba la harinera; con un molino y una fábrica de harinas, si bien es cierto que la fabrica fuera desmontada, anteriormente a nuestra época de exposición, ambos estaban en franca decadencia, el molino también acabaría hundido y en desuso en los sesenta.
Al margen de los dos grupos sociales reseñados, existía un grupo minoritario que corona la estructura social del pueblo. Estaban los labradores propietarios acomodados, los comerciantes, el conjunto de profesionales que del  pueblo como el cura, el maestro, el médico, el veterinario, el boticario y en menor medida los profesionales artesanos, como carpinteros, herreros y albañiles.
Las pocas infraestructuras que había se referían a la construcción de viviendas, carreteras de piedra picada y algunas calles, esto no era suficiente por ello se realiza emigraciones periódicas a las minas de León, u otros destinos, unos pocos contados. Siempre estuvo ahí la tentación de hacer las Américas e irse como se fueron algunos becillanos a Argentina, que ahora nos han contado historias emocionantes llenas de añoranza y amor a nuestro pueblo.
La esperanza media de vida  no llegaba a cuarenta años, una cifra bajísima y, una alta mortalidad infantil, de cada diez niños casi dos morían antes de cumplir un año; por la falta de medidas higiénicas, sanitarias y alimentación deficiente. Unido a la desconocimiento de las causas de las enfermedades, de las vías de transmisión y el desinterés total de una administración muy distanciada de políticas saludables. A las huellas del hambre y epidemias periódicas había que sumar la mortalidad provocada por enfermedades endémicas como la viruela, el sarampión, la disentería, el tifus, la tuberculosis o las peligrosas infecciones intestinales que tradicionalmente diezmaban los hogares rurales, ahora inimaginable.
De cada 6 personas en edad adulta 4 no sabían leer ni escribir, un porcentaje que todavía era más alto entre las mujeres en la región terracampina; el trabajo intensivo en el campo ataba a los niños a la tierra muy prematuramente y dejaban de asistir a la Escuela, lo que les condenaba a su dependencia.
Las viviendas muy propias en esta región. La casa, se construye a partir de un entramado de madera para componer el tapial, también, combinando el adobe en la parte superior, por lo que la materia, no es más que una: arcilla, tierra humedecida apisonada y barro. Arcilla y barro con paja eran las características de las casas terracampinas; la paja mezclada en el barro en las fachadas de las casas embarradas; arcilla y barro en las tapias de las huertas, en los corralones de las afueras, en las cuadras, rediles ó abrigos como los chozos, también en las casetas de la eras; arcilla y barro son los materiales que definen nuestra cultura. Todos ellos tratados convenientemente para unas condiciones medioambientales extremas.
Tengo una suposición: era enorme el desequilibrio que había en los primeros años del siglo XX, algo que generaba un desenvolvimiento cotidiano difícil, lleno de incidentes, amenazas, con gestos significativos de descontento insurrecto. Se manifestaba cuando había ocasión. Un día al pasar la procesión del “Corpus Cristi”, algunos, jornaleros disidentes, no te quitaron la gorra, prenda de uso habitual,  y con las manos en los bolsos mantuvieron su postura mientras trascurría la comitiva, entonces entre la gente más religiosa, tomándolo como un desaire u ofensa, empezaran a gritar ¡¡Viva Cristo Rey!! Exteriorizando con un murmullo enmudecido esa división social. Hay otro caso de notable relevancia, una persona significado terrateniente al pasar por una calle de esas angostas, con  recovecos, le disparan desde un carro, donde estaba escondido el asaltante. La bala, no encontró diana en su cuerpo, pero sí el rebote en el suelo y un fragmento de metralla; le penetro en el cuello saliéndole por la nuca, salvando su vida imprevistamente. Otro intento de pedir cuentas, acaba en refriega, entre unos y otros. El desafío les lleva a un pueblo cercano, Róales de Campos, el Alcalde era socialista, estos becillanos van a pedirle explicaciones o quien sabe ¡que requerimientos! Al verles entrar en el Cabildo, el Alcalde, asustado con ánimo de prevención, no lo piensa, saca su revólver y le descarga unos tiros a bocajarro, el becillano que comandaba la partida recibe un tiro en la pierna, teniendo que ser amputada por infección y peligro de gangrena. Son muchas las muestras que nos llevaría al testimonio de una sociedad muy deteriorada, convulsa y enfrentada hasta que esto  les llevará a un  deterioro tan cruel que derramará en un golpe de Estado y una guerra civil.
Muchos vieron en ello un afán de revancha, otros la forma de cambiar la injusticia encarnizada con ellos, los menos por cambiar, la rutina afligida, por la aventura; supongo que abría muchas posiciones. Como las guerras tienen su cara despiadada y de desgracia, todos la padecieron y, dejando unas secuelas aun no cerradas, que a veces supuran expresiones inadecuadas, si se tensiona el ambiente.
Traigo como reflejo de esa época, en nuestro pueblo, un impulso por alinearse con la protesta en una propuesta; a pesar de su condición intolerable, precaria, hasta rayar la miseria humana. La convivencia en general era grande, pero se resentía por tantas grietas que se habían abierto. Por lo oído de los mayores, había un gran descontento y cierto desprecio contenido entre los distintos extractos sociales, que se llevaba con una resignación inevitable, muy seguros de que nunca iban a poder levantar la cabeza, otros que nunca la bajarían. Así, lo ha llevado secularmente el becillano o, eso me ha parecido.
Dentro de fechorías cometidas destacan los efectuados sobre los productos agrícolas, el fruto sustraído con mayor asiduidad fueron los cereales, el producto agrícola y en menor totalidad los productos agropecuarios. Y, como es lógico dentro de una economía agrícola especializada en el monocultivo del trigo, destacó dentro del conjunto para transformación en  harinas, hurtados para una subsistencia forzada. Un día alguien me enseñaba un molinillo artesanal manejado con una manivela, mientras me decía: este quito mucha hambre en los años malos.
En los cereales se utilizaron principalmente dos métodos de sustracción: el aprovisionamiento realizado directamente en la tierra de cultivo y el asalto a almacenes y paneras. Ejemplos del primer método no faltan. Los ladronzuelos podían entrar en tierras ajenas a segar las mieses, cortando directamente las espigas de las plantas que llevaban guardadas en un saco o, entrar por el tejado y abriendo un hueco por las tejas y enrame de la cubierta, saltar al doble, la parte alta de la casa, donde se guardaba semillas para los animales domésticos y para que se secaran los productos de la matanza. En la casa se sustraían tanto cereales como unas ristras de chorizos, unas piezas de tocino o algún jamón en plena curación. Hubo casos de hacer un buitrón, un conducto en la pared trasera de la panera para sustraer el grano, etc.
A Becilla de Valderaduey, se le pone de ejemplo al intentar de resolver el problema social de miseria y penuria alimentaria. Heraldo de Madrid, 29 de Mayo de 1902, Pág. 3, autor, Fidel Pérez Mínguez,  Biblioteca Nacional de España. Véase como explicaba Allué dicha “fórmula” un curtido aldeano:
“Aquí se cultiva por el sistema ordinario del barbecho, y los propietarios, con rara unanimidad, siembran todos cada año, ya en la parte derecha, ya en la izquierda del pueblo; de modo que anualmente quedan las tierras de una u otra en barbecho. Y los labradores, siguiendo costumbre inmemorial, ceden gratuitamente á los obreros los campos cercanos a las orillas del río, para que improvisen en ellos pequeñas huertas, en que se producen exquisitas cebollas, cuya fama es grande en la comarca, y suculentas patatas. (No rebajo nada de lo de suculentas) Para regar sus respectivas huertas, sus temporales usufructuarios abren un pozo, y de él extraen el agua necesaria, valiéndose del primitivo artefacto que en toda Castilla se conoce por el cigüeñal.
A costa de trabajo, hecho casi todo por las mujeres y los chicos de cada familia, logran los jornaleros excelentes cosechas, cuyo producto – de 70 á 80.000 reales, entre todas – les pone á cubierto, del hambre en las cortas épocas del invierno en que falta trabajo y, por tanto, el jornal.
En Marzo se preparan las huertas, se abren los pozos y se colocan los cigüeñales; en Septiembre todo desaparece.
Así, en los meses de buen tiempo, el que llega Becilla contempla un centenar de cigüeñales, diseminados por ambas orillas del río, y las rústicas pértigas, enhiestas en los troncos sobre que giran, parecen á primera vista largos cañones apuntados
al cielo; de aquí el mote de artillería que se da humorísticamente á los cigüeñales de Becilla. Por cultivar sus huertas no pierden los obreros el jornal, pues el trabajo en aquellas se hace casi exclusivamente por las mujeres y los chicos de cada familia. El producto de la huerta queda, pues, integro para el obrero.
Creo que esto es una muestra de lo que no muchas veces no alcanzamos a valorar y apreciar. En una época de mayores posibilidades y con mejor preparación, hemos superado el primer escalón social que es de de la sobrevivencia. Para valorar la cultura, la independencia, el ocio y el disfrute de las cosas que tenemos al alcance. En esta sociedad rural terracampina la cultura era poca y pertenecía a élites unitarias, la independencia era menor porque había necesidad y subordinación a los poderes instruidos. En esta época, los hijos venían con un pan bajo el brazo, su llegada era una posibilidad para el sostenimiento del trabajo de la familia y los brazos para el campo, sacando mayor provecho de ello cuando los padres se iban haciendo mayores.

Esteban Burgos Peña