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El labrador, en Becilla de Valderaduey, ha regado cada palmo de suelo con las gotas de su sudor. Cada camino tiene la huella de una historia de servidumbre propia y profunda de nuestros antepasados al clima, las circunstancias climatológicas, que son las que mandaban los desengaños o las esperanzas. Esperanzas resignadas a la voluntad del de arriba, como se solía decir y escuchabamos cotidianamente. El trabajo sobrehumano, el sufrimiento por el desastre que siempre amenazaba, pero que se resistió a perecer en el.

Es fácil adivinar cuantas lágrimas, cuantas privaciones y miserias han costado a nuestras familias que vivían del exiguo rendimiento de esta tierra fuerte, exigente, con una naturaleza sorprendente y extremada,...las peligrosas heladas, los pedriscos, la sequía, la lluvia pertinaz a destiempo y como consecuencia las riadas. ¡ Claro! que si el agua venía a tiempo dándole a la tierra lo que necesitaba se podía recoger el doble o el triple de otros años, pero... ¿Cuándo venía el agua a tiempo con la climatología favorable? La lucha no solo estaba en el campo y en el cielo, sino en lo más profundo del corazón que se resentía, se debatía entre la fe y la desdicha, la penuria y la debilitada esperanza.

El labrador, estos labradores, esos esforzados seres humanos han trabajado con tesón y esperanza para mantener una forma de vida que hoy da gloria y orgullo a cada uno de nuestros padres, abuelos y antepasados. Nadie tiene derecho como estos labradores a decir: Ese teso, ese altozano, el prado o cualquier pago es mío, porque a ellos, a su conocimiento y a su esfuerzo pertenecen, son parte de su identidad, y lo conocían como su propia palma de la mano.

Con sus zapatones de cuero de cuatro suelas con tachuelas, los zapatos gordos, han hollado y pateado palmo a palmo la tierra, e hincando su arado abrieron sus entrañas para sembrar esperanzas cada otoño de cereales, para una nueva vida llena de sueños e ilusiones a las que aferrarse durante el invierno, la primavera y el verano; hasta enfrentarse una vez más a la agridulce realidad al recoger las cosechas. Me acuerdo ver a mis padres en la cocina en torno a la mesa, al calor del fuego del hogar, desgranar sueños y cálculos para ese año que todo iría mucho mejor. Mi padre escéptico y disimulado se reía divertido de las expectativas de mi madre; le decía que guardara las cuentas para ver... ¡ojalá! profería, sea así.

Que... ¿Como vivían? Aquí en la Tierra de Campos, la gente vivía artificialmente, a la que saltaba. Es decir, se pedía un préstamo para seguir adelante, se gastaba, y se volvía a pedir otro más largo para pagar el anterior y seguir viviendo, y así. La gente vivía empeñada hasta los ojos y si no se recogía una cosecha a tiempo se perdía lo que se poseía o parte de ello. Recuerdo a mi padre decir a un tío suyo, que apretado por las circunstancias le ofrecía su tierra para vender, si ahora vende tío, para salir del apuro - ¿de que comerá el día de mañana? le dijo - y le instaba a resistir. Resistiendo siempre se ha vivido en esta Tierra de Campos.

Labradores, trabajadores de la tierra, poseedores de pequeños y medianos terrenos desgastasteis vuestras fuerzas de trabajo, al trabajo agrícola y como una condena doblasteis el espinazo sobre las maduras mieses con la hoz en una mano y el manguito en la otra bajo el intenso sol canicular para salvarnos del hambre y la miseria. La humildad, la resistencia obstinada, la sobriedad fueron vuestras aliadas para perdurar en esta tierra fuerte, dura y coronada de desdichas y exigencias; pero nadie como vosotros conoce el canto de la alondra al amanecer, el alivio de la sed en una fuente fresca con aguas de cristal, conoce las aves por su cántico y las señales por su forma de cantar, el estremecimiento al oír a la lechuza ulular, conoce los colores del cielo al nacer el nuevo día, las pinceladas multicolores: Fucsia, rojo, amarillo y azul, como llamaradas dando perfil a la mañana hasta aparecer el sol flotando por encima de las tierras libre en el cielo.

La Tierra de Campos no es solo esa imagen extensa de campo amarillo desgastado y polvoriento, tierras que parecen desamparadas y que desazona al viajero por su sequedad, pero algo tiene que ver en la mirada del morador de estos campos sedientos abrasados por el sol y los hielos de las heladas persistentes. Mi padre decía: "que no había mejor palabra que la de por hablar"; era su forma de sentirse libre y respetar a los demás, sabía que la mayoría de los problemas venĂ­an por palabras mal entendidas o mal dichas. Como la naturaleza silvestre sabía que hay lo que hay; ver, observar, aprender y actuar o esperar para actuar. Personalizaba la sobriedad y ese individualismo generacional y solía decir: Que cada cual tiene su aquel para ser como es, con su talento para resistir los reveses, su forma de ver y vivir. Dicen que si no conoces el pasado no tienes futuro. Si no sabes como vivieron en tu pueblo no sabes lo que te dieron y si no eres agradecido todo parece vacío y sin sentido. >

Cada día de tanto esfuerzo, de estos hombres, curtidos por el aire y el sol, con sus rostros arrugados, extenuados por las penalidades, ennoblecidos por el sudor y la honradez; dieron brillo a esta tierra de zamarra y pelliza, de boina y pana remendada, de zapatones de tachuelas y abarca. Los golpes de la azada doblegada, el chirriar del carro, el tintinear de los arneses de las caballerías, el canto de la perdiz, la codorniz, la alondra y los grajos eran su compañía diaria, cuando el día se hacía corto y el trabajo largo. El crepúsculo de la tarde siempre le sorprendía en el surco o el corte y de regreso con el andar cansino de las caballearías se acercaban a casa cuando las sombras de la noche se extendían, aún quedaba desenganchar las mulas, darlas agua, el pienso merecido y si cabía con la rasca aliviar a los animales del polvo y los parásitos. Tanto había que andar para al fin disfrutar del hogar, encontrarse con la mujer, los hijos, un poco de calor del hogar y unas reconfortantes como calientes sopas de ajo con el huevo escalfado... al final el descanso.

Para el labrador, esta vida de resistencia quedaba aliviada después de la sementera y se penetraba en el invierno donde tomaban protagonismo las solanas: El caño, los cuatrocantones y el palón. La gente se reunía con la principal intención de tomar el sol y hablar del tiempo, del trabajo y vicisitudes de la vida cotidiana. Se expresaban con mucha sobriedad de palabra y manifestaban su aspecto cultural más tradicional: El refrán. "La persona que es curiosa tiene un refrán para cada cosa"; "Agua de Enero, cada gota vale dinero"; "En Enero, un rato al sol y otro al humero"; "En Febrero, busca la sombra el perro y en Marzo, el perro y el amo" con estos pensamientos claros y cortos se pretendía sintetizar una forma de pensar y dejar patente una opinión, era difícil que en una conversación no apareciera una de estas expresiones, en forma de refrán.

A la vez se realizaba faenas auxiliares de mantenimiento, como sacar el muladar, ir al molino para hacer la molienda, reparar arreos y aperos, atender a los animales domésticas, etc. Los tiempos han cambiado, los animales como fuerza de tracción dio paso a la máquina, al tractor, la cosechadora, etc... pero este labrador persiste, ha heredado el carácter de lucha y resistencia de sus antepasados. La economía ha mejorado, las labores son más livianas y la relación con la tierra de menor dependencia. Hay ayudas estatales y seguros que protegen los bienes. Los más trabajan el campo y viven en la ciudad; los menos viven en el pueblo con comodidades, menos ocupaciones y preocupaciones... pero el recuerdo de aquellos tiempos y aquellos hombres existe aunque no les podamos ver, ni oír y estoy seguro que no sabrían vivir en nuestro tiempo, con tan poca solidaridad, con tan poca convicción y los menguados valores familiares.

Me decía una vez uno de nuestros mayores que si era bonito que los hijos no te miren ni a la cara, que solo se vivia para la comodidad y el interés. Cuando a mis padres les pasaba algo, me decía, no te despegabas por nada de ellos y disponían de ti para todo... ahora, los hijos no tienen tiempo para nada, aunque les des todo.

He oído hablar a veces de la cultura agrícolarural peyorativamente por la dependencia al terruño, por los vínculos familiares tan intensos y los vínculos a la localidad. No tengo nada que decir a esto, solo quiero dejar constancia como homenaje a tantísimos hombres que lucharon por mí, para que tuviera una vida mejor y me dejaron un sentimiento de afecto a la tierra, a la familia y a las costumbres de mis antepasados. Mi padre fue uno de esos labradores que lucho para alejarme de la esclavitud de la tierra, como el solía decir. Pero si no sabes adónde vas, estás perdido y te parece que vas o has ido muy lejos... esta tierra tiene nuestra huella y nosotros la suya aunque no nos demos cuenta.

!El pueblo se muere¡... dicen los mayores, eso es lo que hay y lo peor su tristeza.